´o sole mio

Se acerca el verano y con él sus incomodidades y también sus placeres.

Digo incomodidades por que aumenta el riesgo de la maldita Leishmania para nosotros los perros y por que el calor sofocante nos deja algo aturdidos.

Pero lo cierto es que el verano trae muchos placeres. Se alargan nuestros paseos, los humanos disponen de más tiempo para compartirlo con nosotros, están de mejor humor.

Nos libramos de ese frío y lluvia que tanto nos fastidia en especial a los de nuestra raza y por ende de esos abriguitos y chubasqueros que nos colocan los humanos con la mejor de sus intenciones pero que a mí en especial me incomodan de mala manera y hacen que mi majestuoso andar de Galgo Español se vea mermado y relegado al del Pato Mareado. Suerte que en verano no nos ponen bañadores…

El sol. Eso sí que me encanta. Pedro y Neus tienen que controlarme por que yo pierdo la cabeza y el sentido común por él. Eso sí, nada de tumbarme en el desagradable suelo ¡ Soy un galgo! Necesito estar bien mullido, confortable, sintiéndome el amo del mundo.

El otro día sin ir más lejos Neus se olvidó de colocarnos nuestras colchonetas en la terraza  (no solemos tenerle en cuenta esas cosas) y Lupe y yo tuvimos que ingeniárnoslas para poder tomar el sol con un mínimo de condiciones. Lo cierto es que como equipo nos coordinamos bastante bién. Júzguen ustedes la siguiente imagen.

Pero como soy más listo que el hambre, luego me pregunté a mí mismo:”¿Pero porqué estar en el suelo cuando puedo estar en la tumbona?”. Dicho y hecho.

Ahora sí gozo del verano en todo su esplendor. ¡Esto es vida señores!

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1.000 gracias

Hace exactamente 2 meses decidimos abrir este blog que no tenía más pretensiones que las de entretener y dar a conocer nuestra particular visión de todo aquello que nos rodea, de nuestro día a día.

Hace poco más de 1 mes tuvimos la suerte de poder celebrar y compartir con todos vosotros nuestras primeras 500 visitas del blog.

Hoy de nuevo estamos de celebración. ¡Nuestro blog ha alcanzado la visita número 1.000! ¿Qué como nos sentimos? Felices y orgullosos, pero sobretodo agradecidos.

1.000 gracias por leernos, por los gratificantes comentarios llenos de cariño que dejáis  en nuestro blog.

Por todo esto y por mucho más: GRACIAS.

Toi pachucha

 

Hace unos días viví una experiencia algo desagradable que quiero compartir con ustedes.

Nos disponíamos a salir de casa como una tarde más pero había señales que me hacían presentir que esa no sería una tarde normal. Para empezar Pedro y Neus estaban algo nerviosos. Andaban de un lado a otro de la casa inquietos y con un cierto halo de preocupación.

Fermín y una servidora aguardábamos ya en el recibidor de casa, como era costumbre de cada día, listos para que nos colocasen nuestros collares y salir a pasear. Pero tan solo me pusieron a mí el collar.

Eso fue definitivo para confirmar mis sospechas. Fermín se queda pero yo me voy con ellos: Malo. Se me empezó a torcer el morro, eso no podía ser nada bueno, siempre salimos los dos con ellos. Nos dirigimos al coche y partimos los tres.

En un principio pensé que nos íbamos de vacaciones pero pronto desestimé esa opción porque eso solo ocurre cuando hace mucho calor o mucho  frío, y siempre nos vamos los 4 juntos, por lo que vacaciones estaba claro que no eran.

Lo siguiente que recuerdo es estar en un sitio desconocido por mí, con gente desconocida vestida de verde y bata blanca.

Había más humanos acompañando a sus perros, los cuales estaban exactamente como yo, con la misma cara desconcertante que yo, desorientados como yo y muertos de miedo como yo. Aunque lo cierto es que los humanos también transmitían todos las mismas vibraciones de preocupación. Yo no sé dónde repámpanos estábamos, pero aquél lugar no nos gustaba ni a unos ni a otros, excepto a los que andaban vestidos de verde y bata blanca. Esos estaban la mar de relajados, hablándonos a todos (humanos y perros) con un tono de voz tranquilo, se les veía a mil leguas que intentaban  hacernos creer que eran amigos, sin demasiado éxito, todo sea dicho de paso.

Al cabo de un rato empezó a embriagarme una dulce sensación, un sueñecito la mar de gustoso. Yo intentaba luchar con todas mis fuerzas para no hacer caso a la llamada de Morfeo y mantenerme bien derecha y despierta pero lo cierto es que cuanto más luchaba más agotada me sentía y más irresistible se me hacía abandonarme a ese dulce sueño que no dejaba de tentarme.

Ya no recuerdo nada más pero al despertar estaba en un lugar diferente, no era el sofá de casa dónde despierto cada mañana, era un lugar incómodo y duro,  era una jaula, fría y pequeña, a mi lado no estaba Fermín como es habitual, clavándome una de sus patazas en la cara, si no que en la jaula continua a la mía había otro perrito aún muy dormido y en lugar de aparecer Pedro y Neus dándonos los buenos días y regalándonos miles de mimos apareció uno de esos humanos vestidos de verde y con bata blanca que de mimoso no tenía nada, aunque hay que decir que interés le ponía.

Entonces fuí consciente del dolor y de que algo le había ocurrido a mi barriguita mientras yo estaba en mi dulce sueño porque ahora me dolía mucho y tenía puesto algo que no estaba ahí antes de dormirme.

Cuando ya empezaba a estar de lo más asustada, sin entender absolutamente nada de nada oí las voces de Pedro y Neus. Estaban cerca, venían a rescatarme de aquel horrible lugar.

Casi no me tenía en pie, pero saqué  fuerzas de dónde no había al ver sus caras y oír su voz llamándome. En aquél momento no me entretuve en muchas fiestas y demostraciones de afecto, eso me lo guardaba para nuestra intimidad y para cuando yo estuviera bien segura de que estábamos todos a salvo. En esos instantes tan solo quería desaparecer de aquel lugar, no sin antes lanzar una mirada de ánimo y esperanza al resto de perros y gatos que se encontraban aún en esas jaulas y que por razones obvias,  que espero que ellos entendieran, Pedro y Neus no podían rescatar.

Ahora ya estoy en casita, que felicidad volver a ver mi jardín, mi sofá y mi queridísimo Fermín. ¡Hogar dulce hogar!

No entendiendo aún muy bien que ocurrió, ni por qué no puedo saltar y correr como antes, ni por qué Pedro y Neus no dejan que me lama mi barriguita, ni por qué ando todo el día con una camiseta puesta, ni por qué  me duele la barriga cuando quiero ladrar fuerte o bajar y subir escaleras.

Pero Pedro y Neus no dejan de repetirme que ya falta poco para que vuelva a estar bién y que dentro de muy poquitos días podré volver a jugar con Fermín como nos gusta jugar, a lo bestia, y podré volver a ladrar bien fuerte y saltar como un canguro por el jardín persiguiendo mariposas y lagartijas.

No entiendo nada, pero confío en Pedro y Neus  y sé que ellos cuidarán siempre de mí y de Fermín y  no dejarán jamás que nada malo nos ocurra.

Lupe.

No te preocupes pequeña, yo cuidaré de tí

Estos días tenemos a Martini (para ustedes nuestra prima) en casa pasando unos días con nosotros. Lo cierto es que somos unos anfitriones estupendos, más yo que Fermín. Creo que ya les hemos contado en otra ocasión la curiosa relación amor-odio que mantienen ellos dos.

Conmigo es distinto. Yo procuro protegerla, hacer que se sienta a gusto. No puedo jugar con ella como me gustaría pero es que Martini es demasiado frágil para mi juego brusco y mis largas patas de las cuales aún no tengo demasiado control.

Intercambiamos la comida cuando no nos ven, le cedo mi cama y mi mantita y la mimo con amor cuando necesita cariñitos. Algo que en Martini es constante.

Ayer por la noche ella estaba más ñoñona de lo normal. Sería que nos envolvía una noche fría y lluviosa y eso a los galgos nos mustia un poquito y tuve que calmarla con una buena ración de mimitos, eso sí, con un ojo puesto en la peli de la tele que estaba de lo más interesante. Momento que Pedro inmortalizó con la cámara y que hoy se lo brindamos a ustedes para que vean como dentro de una manada los adultos cuidamos de los más pequeños y desprotegidos.

Lupe

 

 

 

Corazones de piedra

Mañana de Domingo, andurreábamos felices en nuestro paseo dominguero entre campos y riachuelos. Yo iba delante de la manada, con mi hocico pegado al suelo, como de costumbre. Había encontrado un rastro.

Lo que  percibía no me gustaba, más bién me inquietaba. Me daba en el morrete que lo que estaba apunto de encontrar frente a mí me traería malos recuerdos.

Y ahí estaba, clavado en medio del camino. Era un corazón de piedra.

Rápidamente fuí a buscar a Neus para que inmortalizara con su cámara mi descubrimiento. Quería que esa imagen ilustrara estas líneas.

Algunos galgos (y los que no son galgos también) percibimos ese hedor inconfundible de los corazones de piedra. Huelen a rabia, a rencor putrefacto, huelen a ignorancia descompuesta. A insensibilidad. Muchos de nosotros hemos tenido la mala fortuna de tropezar con uno de ellos, son insensibles al dolor y al sufrimiento de otro ser vivo.

Hemos tenido la desgracia de tenerlos cerca de nosotros, de sufrirlos en nuestras propias carnes, de morir siendo víctimas de su desprecio y maltrato mientras luchábamos hasta nuestro último aliento por entenderles. Esfuerzo en vano.

Por suerte, la naturaleza es sabia y devuelve a su lugar a estos corazones de piedra. Ahí es dónde deben estar. Tirados, en medio de un camino y expuestos a las pisadas y a la soledad. A la soledad merecida por haber sido un corazón de piedra.

Fermín.

Para tí, Mercedes.

Este adorable ser al que abrazo mientras me abandono a los brazos de Morfeo, es Mercedes. Hoy quiero hablarles de ella.

Mercedes, o Merceditas, como a mí me gustaba llamarla, ha sido y será uno de los amores de mi vida. La conocí en un viaje a Valencia.  Las presentaciones sucedieron en casa de Martini y Lucas (para ustedes, mis primos). Yo había ido de visita y ella ya llevaba allí varios días instalada. Fue amor a primera vista. Entablamos una estrecha amistad en muy poco tiempo.

Pero tras unos maravillosos días llegó la hora de regresar a casa. La separación fue dura, intenté que ninguno de los otros miembros de la manada se percatara del dolor que en esos momentos estaba experimentado.

La puerta de la casa se cerró tras de mí y  cientos de quilómetros se interpusieron sin piedad entre nosotros dos. Tan solo anhelaba volver a verla.

Mi deseo se vio cumplido cuando una fría mañana de un 6 de enero Merceditas llegó de nuevo a mí, escondida dentro de un regalo. ¡Ay, que ratilla era mi Merceditas!…

Fue una etapa inolvidable, éramos inseparables. Jugábamos incansables por el jardín de casa. Le encantaba que la lanzase hacia el aire. Dormíamos abrazados toda la noche.

Pero un buen día, todo terminó.  La pobre ya tenía una edad y yo la desgasté mucho con tanto juego, ya apenas podía seguir mi ritmo. Una tarde la encontré tumbadita en mi cama, descansaba tranquila, sumida en un profundo sueño.  Me resigné a lo evidente. Merceditas se había ido para siempre.

Mercedes, mi Merceditas. Siempre recordaré los momentos tan felices que me regalaste. Tus bigotes haciéndome cosquillitas en mi nariz. Pero que juguetona era mi ratilla!

Quiero terminar con una estrofa de la letra de una canción de otro de los grandes iconos de la humanidad. El Sr. Sabina.

Dice así: “tardé en olvidarla 19 días y (por favor  no repriman la necesidad de terminar esta frase cantando) y 500 noches”

Hasta pronto.

Fermín,