Corazones de piedra

Mañana de Domingo, andurreábamos felices en nuestro paseo dominguero entre campos y riachuelos. Yo iba delante de la manada, con mi hocico pegado al suelo, como de costumbre. Había encontrado un rastro.

Lo que  percibía no me gustaba, más bién me inquietaba. Me daba en el morrete que lo que estaba apunto de encontrar frente a mí me traería malos recuerdos.

Y ahí estaba, clavado en medio del camino. Era un corazón de piedra.

Rápidamente fuí a buscar a Neus para que inmortalizara con su cámara mi descubrimiento. Quería que esa imagen ilustrara estas líneas.

Algunos galgos (y los que no son galgos también) percibimos ese hedor inconfundible de los corazones de piedra. Huelen a rabia, a rencor putrefacto, huelen a ignorancia descompuesta. A insensibilidad. Muchos de nosotros hemos tenido la mala fortuna de tropezar con uno de ellos, son insensibles al dolor y al sufrimiento de otro ser vivo.

Hemos tenido la desgracia de tenerlos cerca de nosotros, de sufrirlos en nuestras propias carnes, de morir siendo víctimas de su desprecio y maltrato mientras luchábamos hasta nuestro último aliento por entenderles. Esfuerzo en vano.

Por suerte, la naturaleza es sabia y devuelve a su lugar a estos corazones de piedra. Ahí es dónde deben estar. Tirados, en medio de un camino y expuestos a las pisadas y a la soledad. A la soledad merecida por haber sido un corazón de piedra.

Fermín.

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